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MSR MurciaToda civilización se hunde cuando se divorcian su violencia y su fe, su fuerza y su mística. Cuando sus defensores continúan montando la guardia en las torres pero oyen, en los cabarets de la ciudad, al pueblo que se mofan de ellos, entonces sacan la cantimplora y se emborrachan. ¡Y que el enemigo entre! ¿Por qué no?. No hay nada peor que dejar de ser digno de ser libre y adoptar el paso de cangrejo del exclavo y la risa babosa del ilota. No hay peor desgracia que merecer su propia desgracia.
Jean Cau "El caballero, la muerte y el diablo" Temas
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Yo no voto: Porque no me gusta la ciudad que estamos dejando a nuestros hijos![]() Espíritu Santo: un barrio asolado por las grietas y la droga Pese a ser media mañana, una chiquillería corretona recibe, entre risas y algarabía, a los visitantes de la barriada. Mujeres en zapatillas trajinan, de un lado a otro, compran el pan y se preocupan, a gritos, por la salud de sus vecinos. Una colada, asida a un cordel, aprovecha para secarse los rayos que la mañana concede. Mientras, una familia de gitanos charla animadamente en corro frente a una de sus viviendas. Las persianas lucen descolgadas y los techos derruidos. Es el murciano barrio del Espíritu Santo. «Nosotros sólo nos vamos de aquí si nos dan una casa mejor, y que sea en el pueblo». La rehabilitación de esta barriada es un asunto que preocupa e inquieta a este vecindario que, asegura, no tener noticias todavía noticias al respecto. «Oímos sólo lo que se comenta por ahí», relata una vecina, «pero nadie ha venido hasta aquí para decirnos que nos tenemos que ir». El abandono de varias casas, el mercado de la droga que campa a a sus anchas por estas calles y la miseria alzaron esta barriada como una de las más decadentes de Murcia. Alrededor de 4.000 personas residen, actualmente, en estas casas, un 25% por de ellos pertenecientes a la etnia gitana. El Ayuntamiento murciano se plantea, actualmente, la revitalización de esta comunidad como uno de los pasos imprescindibles para acabar con uno de los focos más marginales de la sociedad murciana. «Los vecinos que realmente estamos mal», relata la joven Josefa Contreras Muñoz, «somos los que vivimos en las llamadas casas baratas». Los edificios, en cuestión, tienen más de cuarenta años de antigüedad y, en la actualidad, se encuentran en un estado lamentable. De los balcones, totalmente agrietados, cuelgan toallas y se precipitan hacia la calle trozos de yeso. «Cualquier día tendremos un susto con todo esto», alerta una de las vecinas, que observa los techos de la barriada desde la posición que le brinda su segundo piso. El cableado del piso cuelga, desordenado, recorriendo la fachada. La situación en el interior del edificio se agrava aún más. Apenas unos escasos azulejos se agarran aún a la pared de la entrada. El suelo está repleto de gravilla, de bolsas y todo tipo de desperdicios. «¿Usted cree que aquí se puede vivir? ¿Qué esto está como para que jueguen los críos», cuestiona una vecina. Ascender por los peldaños de la escalera de una de las casas baratas es como ir asomándose, a través de una mirilla, a la vida de este vecindario. Dos chiquillos atraviesan la puerta de una de sus viviendas y, en una carrera, se agolpan para bajar los escalones que los separan de la calle y sus juegos. Desde arriba, una joven les observa mientras sostiene, asido a una cadera, a un bebé de escasos meses. La juventud se asoma descaradamente al rostro de la fémina, ojeroso y demacrado. «Han venido para ver si nos arreglan el edificio», le alerta una vecina a la joven que observa desconfiada. Asiente con la cabeza y, ya más tranquila, regresa a su hogar. Las ventanas por las que asomarse desde la escalera hacia el patio de luces han desaparecido. «Nadie sabe quien las quitó, un día ya no estaban», explica Josefa. Las bombillas y los timbres de las casas corrieron idéntica suerte. Desde entonces, ascender por el edificio una vez que ha caído la noche es toda una hazaña. «Nos alumbramos con linternas, para poder subir las escaleras de noche, o con la luz del móvil». Los vecinos de este barrio inventan, cada día, mil y una tretas para sobrevivir. Es una vida al límite, entre las grietas y la droga. Sábado, 16 de Febrero de 2008 00:52 |
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